Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más.

Oscar Wilde, escritor irlandés (1854-1900)

viernes, 17 de marzo de 2017

Club de la corbata del ARN (y 2)

(Continuación) El otro complemento, que en esta ocasión sólo lleva uno de los fotografiados, es un pisacorbata, aderezado con el nombre abreviado de un aminoácido.
Unos motivos de adorno, molécula de ARN y aminoácido, quizás algo peculiares pero créanme del todo justificados, pues han de saber que este selecto club de científicos contribuyó y no poco a la comprensión del ADN y su relación con las proteínas.
Pero creo que estoy mezclando demasiadas historias, y probablemente confundiéndoles. Así que mejor será que vaya por partes y empiece por el principio.
Cuando Gamov leyó a Watson y Crick
Algo que ocurrió un día del verano de 1953, cuando en las manos del físico teórico ruso George A. Gamow cayó el artículo de James Watson y Francis Crick, publicado en la revista Nature, y en el que describían la estructura tridimensional del ADN.
Seguro que la han visto en numerosas ocasiones.
Dicho ácido es como una especie de doble hélice parecida a una escalera de caracol solo que con unos tres mil millones (3 000 000 000) de escalones. Sin duda su estructura es uno de los grandes descubrimientos de la ciencia.
Y buena prueba de ello es que el físico, fascinado por el descubrimiento les escribió.
En la carta les decía: “Soy físico, no biólogo… Pero estoy francamente emocionado por vuestro artículo publicado el 30 de mayo en Nature. Creo que tras vuestro descubrimiento la biología debería incluirse dentro de las ciencias exactas. Estaré en Inglaterra casi todo el mes de septiembre. Me gustaría que tuviéramos la oportunidad de hablar”.
Y la tuvieron, claro. Tuvo lugar unos meses después en Nueva York, ésta primera entre Crick y Gamow, y de ella parece ser quebrotó la semilla de la idea de fundar un club de científicos con un doble objetivo.
Doble objetivo
Uno como más humano: divertirse. Ya saben del típico tópico del científico distraído, solitario y aburrido. Algo común a muchos de los científicos y pensadores de todas las épocas que en el mundo han sido.
De ahí la necesidad de formar asociaciones o grupos más o menos selectos de personas, con las que compartir conversaciones, momnetos de ocios, inquietudes, intercambiara estudios, etcétera.
Y otro ya más científico: averiguar cuál era la conexión entre los aminoácidos y el propio código genético, que tanto llamó la atención de Gamov. Por ahora, si me lo permiten, no les precisaré el orden de prioridad y prevalencia de los dos objetivos dentro del club.
Pero el caso es que éste resultó ser una de las mejores expresiones, acerca del deseo de colaborar entre humanos, tan necesario por otra parte en el mundo de la ciencia. Sin duda fue una genialidad el hecho de comprender que la tarea que tenían por delante, no podría ser resuelta sólo por biólogos.
Su resolución implicaba un enfoque más interdisciplinar, por lo que terminaron escogiendo como miembros del club, desde físicos a matemáticos pasando por químicos y, claro, biólogos. Fue sin duda toda una declaración de intenciones para futuras generaciones de investigadores.
Y en nada se fundó el RNA Tie Club.




1 comentario :

Nuria González dijo...

Espero que tenga continuación pronto. me encanta